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Lejos de consignas radicales y de la prédica explosiva, la compañera de fórmula de Daniel Martínez, Graciela Villar puertas adentro es una mujer sensible, que llora al hablar de su familia y comparte textos de historia con su pareja.

El discurso de Graciela Villar en los actos de campaña parece dirigido al militante de todas las horas, al que tiene años de comité de base sobre la espalda. Su prédica explosiva, contraponiendo izquierda-derecha, o enfrentando «oligarquía y pueblo» (como dijo Líber Seregni el 26 de marzo de 1971), apunta directo a la quintaesencia frenteamplista. Eso es, al menos, lo que transmite cuando sus intervenciones circulan en medios o redes sociales.

Desde el momento en que esta mujer -desconocida para la enorme mayoría de la población- fue nombrada compañera de fórmula de Daniel Martínez, en filas frenteamplistas se decía que tendría la función de levantar con su prédica a la alicaída militancia de izquierda, somnolienta luego de tres períodos de gobierno. Pero Villar sigue siendo una enorme interrogante para el resto de la población que no pertenece a ese nicho específico. Al inicio de la carrera electoral dio algunas entrevistas intentando terminar con la polémica de su título académico, un asunto que hizo sobrevolar al fantasma de Raúl Sendic en la campaña.
Salvo excepciones, estuvo en un segundo plano mediático, sin conceder notas hablando de propuestas de gobierno o discutiendo con la oposición.

La mayoría de los votantes ignoran que, mano a mano, Villar resulta una mujer cálida, amable y simpática, bastante alejada de esa imagen dura y combativa que transmite en apariciones públicas, donde apela a un estilo que para muchos está pasado de moda. Lectora empedernida de historia y literatura en general, Villar tiene una forma de expresarse precisa y contundente, más clara incluso que la del propio Martínez.

A pocos días de las elecciones nacionales, nos recibió en la casa en la que vive con su pareja, Oscar Caballo López, un reconocido dirigente sindical portuario, hoy jubilado, que es el padre de su hija menor, Agustina. También es madre de Tania -su jefa de campaña- y Pablo -que vive en España-, hijos que tuvo con su primer marido, Willian González. Tiene dos nietos, Felicia y Remi, que están en España.

Dio escasas entrevistas, algunas relacionadas con temas personales, pero pocas sobre política y propuestas programáticas. ¿Por qué?
Cuando fui designada por el Plenario Nacional tenía un desafío personal, lo dije en mi discurso, que era que me dieran la oportunidad de conocerme. Fue lo que he venido haciendo. Dediqué toda mi energía a trabajar a nivel nacional, estuve recorriendo desde el pueblito más chico a la ciudad más grande del interior, porque la primera consigna importante a ratificar es mi compromiso con la gente. Cumplí esa etapa, ahora estamos en otra. Empezamos a conversar con la prensa, que me lo venía pidiendo.

La gente no la conocía, a los pocos días de su nombramiento se dio la discusión del título y después se criticó su discurso de barricada. Pero usted habla muy bien y es muy clara explicando los temas. ¿No le parece que fue desaprovechada?
No. Estoy en juego. Esto de reconectar con la gente es la primera legitimación importante que teníamos que tener. No les tengo miedo a los temas. La discusión sobre título sí o título no, tiene que ver con que yo estudié durante cuatro años, tengo formación en psocionanálisis. La decana de la Facultad de Psicología lo dejó meridianamente claro: en la década de los 90 los psicólogos sociales éramos los que salíamos de las escuelas de psocioanálisis.

Dio una imagen de mujer combativa, que le hablaba al núcleo duro frenteamplista. Pero tiene una manera de hablar que tal vez les hubiera llegado a los no militantes…
Creo que se me estereotipó en un lugar. Tengo un discurso muy fuerte, soy muy clara conceptualmente, y ahí de alguna forma se me puso el sello de combativa. Mi trayectoria en Asamblea Uruguay en los últimos 25 años habla de que defiendo apasionadamente mis posiciones, puedo levantar la voz y tengo el derecho de levantar la voz porque lo que se les permite a los hombres a veces a las mujeres se nos pone un sello. Tengo el vínculo con el cerno duro de los militantes, pero he desarrollado una trayectoria que me ha permitido decir que soy una articuladora nata.

En Canal 10 usted dijo que tenía «múltiples facetas» y que quería mostrarlas. Estamos al final de la campaña. ¿Qué le hubiera gustado mostrar?
Soy una mujer de generar consensos. Tengo una historia que lo avala, ha sido toda mi trayectoria en el Parlamento de la ciudad de Montevideo. Eso es importante y me da una experticia a nivel legislativo. Lo otro: soy una mujer muy comprometida con el concepto de la maternidad y la familia. He desarrollado a lo largo de los años instrumentos que me permitieron trabajar socialmente. Por ejemplo, con el tema de los migrantes, cuando mi hijo se tuvo que ir del país en 2002 fundé la organización Idas y vueltas, que aún existe, que me permitió desarrollar y unirnos con madres y padres de distintas orientaciones y filosofías. Hoy eso cambió y la organización recibe a la corriente migratoria nueva y los ayuda a reinsertarse. Lo otro es que puedo vincularme muy bien con los jóvenes.

A la luz de una vela, la madre de Villar le leía a ella y a sus hermanos la novela Mujercitas. Era un lugar «muy triste», donde estaban de prestado, dice. Villar tenía miedo a la oscuridad y su madre recurría a la historia de Louisa May Alcott para ahuyentar esos temores, rememora con lágrimas en los ojos. Es uno de los recuerdos más fuertes de su infancia, en un hogar de bajos recursos, con padres textiles y una abuela obrera y comunista, Manuela, que a los 10 años la llevó al entierro de Líber Arce.
Villar nació el 3 de setiembre de 1957 y con apenas 13 años, cuando iba al Liceo 17, se afilió a la Unión de Juventudes Comunistas (UJC), donde continuó hasta fines de los 80, cuando se produjo la ruptura del Partido Comunista y se alejó del grupo junto a Jaime Pérez, uno de los dirigentes históricos.

¿En qué consistía su militancia?
Hacíamos volantes y los distribuíamos entre la gente. Participamos en la huelga de docentes que se dio en la época. Militábamos básicamente en eso.

¿Recibió algún tipo de instrucción militar? ¿Estuvo en Cuba o en URSS?
No, nunca.

En 1974, con 16 años, fue detenida y estuvo dos meses en un hogar del Consejo del Niño. ¿Qué pasó?
En el liceo compartía turno con Hugo Medina, el hermano de Walter Medina, el primer muerto después del golpe. Al año de su asesinato hubo una movilización relámpago, me detuvieron y terminé en el hogar Yaguarón. Fue impactante. Si bien venía de un hogar humilde, tenía esa protección que te da la familia, la casa, la madre. Estar 24 horas en una comisaría y después en el hogar era ingresar a un mundo que desconocía. Sobre todo por las historias de las muchachas, cómo me recibieron. Tuve la suerte de que dos de las trabajadoras sociales que estaban ahí de alguna forma me cobijaran y me ayudaran a integrarme en ese medio.

Estuvo dos veces detenida en el cuerpo de Fusileros Navales (Fusna). La primera vez fue en 1976. ¿Qué hacía en aquella época?
Militaba clandestinamente; consistía en distribuir el diario El Popular, después La Hora Popular. Y juntaba recursos para armar los paquetes para el Penal de Libertad, para los compañeros que no tenían familias o para mi tío Ramón, que había caído en el 75. Estuvimos (con su primer marido) un par de meses detenidos, Tania tenía un mes de nacida. Nosotros creíamos que la tenían ellos (los militares), pero la tenía mi mamá.

Estuvo presa un mes después de ser madre. A la salida de la detención, con una bebé tan chiquita, ¿no se replanteó la situación?
Capaz que es difícil de entender para quienes no vivieron la clandestinidad y para quienes no vivieron esa época tan oscura. El replanteo era seguir peleando por la libertad y no me lo replanteé. Era parte de mi historia. Además, sentía que había que definirse: o peleabas contra la dictadura para recobrar las libertades que habíamos perdido, o estábamos condenados como sociedad. Era una convicción que teníamos mis compañeros y yo.

Villar y su marido volvieron detenidos al Fusna tiempo después. Cuando los liberaron, les dieron 24 horas para abandonar el país. Armaron un bolso con pañales para Tania y fueron hasta la plaza Cagancha. Allí los esperaban los padres de ella, que les dieron dinero para tomar una Onda rumbo a Colonia y luego un barco que los transportara a Buenos Aires. «Fue una despedida desgarradora, porque yo había sido liberada y pesaba menos de 39 kilos. Tania estaba muy angustiada porque se separaba de su abuela, que había sido su referente adulta más importante», recuerda Villar.

Era 1979 y empezaba la vida en Argentina. junto a unas primas que la ayudaron a instalarse. Su marido, sanitario, acondicionó una garrafa de 13 kilos y recorrió la ciudad como soldador. Ella, que estaba clandestina y con papeles falsos, vendía galletitas en un mercado. A finales de 1984, Amnistía Internacional mediante, retornaron a Uruguay junto a Pablo, el hijo nacido en Buenos Aires.

Empezó a trabajar como auxiliar de limpieza en la Mutualista Israelita del Uruguay (MIDU) e ingresó a la Federación Uruguaya de la Salud (FUS), en lo que fue el inicio de una intensa carrera sindical y social. Con compañeras del gremio creó un centro de educación inicial para trabajadoras de la salud, una propuesta que más tarde se extendió a todo el país. Luego trabajó en otros sectores de MIDU: administración, cobranzas y recursos humanos. Nunca hizo uso del fuero sindical en tiempo completo.

En 2002, MIDU cerró y Villar quedó sin empleo. Comenzó a trabajar para el Frente Amplio, cobrando afiliaciones. Poco después, asumió la dirección administrativa del proyecto nacional de centros de educación inicial de la FUS, donde hoy está con licencia sin goce de sueldo. Entre 2005 y 2018 fue edila de Montevideo por Asamblea Uruguay. En su despacho de la Junta Departamental tenía tres cuadros: uno de Líber Seregni (su «gran referente político»); otro de José Batlle y Ordóñez («el constructor del Estado avanzado»), y el tercero de Wilson Ferreira (alguien «señero» por su compromiso republicano y su lucha con la dictadura). «Los tres sintetizan lo mejor del pensamiento autóctono», dijo al programa de Canal 4 Vespertinas.

El año pasado abandonó el sector de Danilo Astori para acompañar la precandidatura de Mario Bergara. En medio de ese proceso, Martínez le propuso ocuparse de la complicadísima División Limpieza de la Intendencia, pero no aceptó porque quería definir su futuro político. Con el entonces intendente tenía una relación de años, que había comenzado en la militancia sindical a la salida de la dictadura.

Cuando Martínez ganó la interna, y después de un polémico proceso de elección de vice -que incluyó encuentros y entrevistas con varias mujeres del Frente Amplio y otros ofrecimientos, algo que fue objetado por feministas de izquierda-, el candidato tomó una decisión arriesgada y apostó a Villar, una ignota para la amplia mayoría de los uruguayos. Tan desconocida que hasta Carolina Cosse, quien sin éxito se autopostuló para ese puesto, admitió que tuvo que googlear para saber quién era.

Villar aceptó. Martínez elogió su capacidad de articulación y su identificación con la militancia de izquierda. Sin embargo, salvo por la polémica del título y algunos discursos explosivos, la mujer que completa la fórmula pasó rápidamente a un segundo plano.

Cuando Villar camina por la calle algunos la saludan o le gritan desde el ómnibus. Otros se codean preguntándose si será o no la candidata a vice. Villar no solo era desconocida a escala masiva antes del anuncio de Martínez, sino que su estilo y su apariencia física son propios de una uruguaya promedio. Por eso, algunos pueden tener dudas cuando se cruzan con esta mujer delgada, de estatura media, pelo corto gris, lentes y vestimenta casual que va a hacer a las compras.

Se viralizó una foto de una mujer comiendo en un restaurante en Punta Carretas y se dijo que era ella. Era falso. Hace unos días se difundió una imagen de otra mujer saliendo de una tienda de ropa en un shopping de Buenos Aires. Esta vez sí era ella. Dice que trata de no cambiar sus hábitos, pero es consciente de que todo lo que haga tiene una visibilidad expansiva. «Estoy tratando de no perder mi vida. Soy una persona normal. Salgo de pantalón deportivo y chancletas a la panadería, no me tengo que poner tacos», cuenta.

¿Cambió su vestuario?
No me sacan del jean. En general, ando de championes, pero estoy más prolija. Antes me arreglaba así para ir a visitar a alguien.

¿Tiene algún asesor?
Mi jefa de campaña (dice señalando a su hija Tania). En la Junta Departamental, por la institucionalidad, la ropa tenía que estar en función del rol a cumplir. Fue muy exigente ser presidenta de la junta. Tenía mis espacios privados, que ahora están más acotados.

¿Qué hace en esos espacios privados?
Leo. En esos espacios propios estoy en chancletas. Si puedo al sol, sol. Tengo un patiecito que termina siendo mis delicias.

¿Dónde toma vacaciones?
Mi hermano tiene un ranchito en La Aguada y cuando vamos a festejar su cumpleaños, me tomo 10 o 15 días.

¿Cómo es en casa? ¿Cocina?
Es mi mejor terapia. Es el único momento en donde no pienso en nada. Me gusta hacer pizza, pan, que cuando haya un cumpleaños no falte mi pizza.

¿Cómo es la relación con su hijo a la distancia? ¿Vendrá a votarla?
Sí, con la dificultad de que no votó nunca, se fue con 18 años. Tengo guardada su credencial. Son las cosas que no he superado y no voy a superar nunca. Siempre me angustia hablar de Pablo (empieza a lagrimear). Tenemos un vínculo muy cercano. Son las cosas que me faltan, me falta ese abrazo que da el varón.

¿No logró convencerlo de que volviera después de tantos años de crecimiento económico?
Pablo se fue con 18 años. Su barra de la esquina no está. Tiene su familia, su esposa es inglesa. Tiene un mundo construido desde joven. Viene acá y su generación no está, están todos por el mundo. Viene al nido. Las redes han sido un elemento bien importante. Cuando mi nieta nació estuve con ella. Después, mi vínculo es hablarle todos los días y cantarle canciones (llora). Felizia vino cuando tenía un año, a los 15 de mi hija Agustina. Yo me escondí y empecé a cantarle. Cuando me vio, abrió sus brazos y se me tiró arriba. Ese vínculo nunca lo perdí. Remi es el clon de Pablo, es como tenerlo de nuevo.

La puerta de la casa de Villar da a un corredor que comparte con otros apartamentos. No tiene vista a la calle, pero en una de las rejas cuelga una balconera del FA de nylon, que solo pueden ver quienes llegan a su casa o a la del vecino. Ubicada en el corazón de Goes, a pocas cuadras del Comando del Ejército, es el prototipo de hogar de barrio montevideano, donde entre plantas y muebles con viejas fotos familiares asoma alguna humedad.

Predominan los libros, porque Villar y su pareja comparten el gusto por la lectura. Leen y comentan en voz alta textos de historia nacional, en especial vinculados al batllismo, de autores como Gerardo Caetano y José Rilla. También hay espacio para las novelas; Haruki Murakami y Leonardo Padura son sus autores preferidos.
En el patio, el marido de Villar instaló un pequeño taller donde realiza rústicas pero vistosas esculturas de hierro. Tiene tantos materiales que ya invadió casi todo el espacio, para pesar de ella. Cuando se mudaron a la casa, en 1994, vivían con sus hijos, pero en la actualidad la pareja está sola, en compañía de sus perros Lula y Bruno. La partida de las hijas del hogar materno le permitió a Villar acondicionar como escritorio su cuarto, al que se llega por una escalera de caracol. Dice que su rutina diaria consiste en preparar un mate y sentarse frente a la computadora a leer documentos programáticos del Frente Amplio y también de la oposición, porque no quiere quedar en falso ante consultas de la prensa y los militantes.

La entrevista concluye y Villar posa para las fotos, mientras su hija apura el almuerzo, porque en breve tiene una entrevista en la organización Techo. Con variantes, esa es su agenda hasta el 27 de octubre: lecturas, reuniones, recorridas, entrevistas y actos.

En la campaña electoral de 2014 Villar era una militante más, un punto dentro de la multitud que acompañó los llamados «banderazos» en varios barrios de Montevideo. Su cabeza lucía un turbante, porque salía de un tratamiento contra el cáncer que la había dejado pelada, y que después superó. Para su enorme sorpresa, cinco años después es una de las protagonistas de estos actos, con coreografía incluida. Sin embargo, sabe que eso no es suficiente, porque las encuestas indican que solo con militantes no se gana la elección.

Para llegar a nuevos oídos tiene que romper el muro invisible interpartidario y mostrarse en otros ámbitos. Por ejemplo, en un debate. «No tengo ningún problema», respondió en Vespertinas, cuando le preguntaron si debatiría con una mujer de otro partido. Eso no ocurrirá antes del domingo 27, pero de cara al 24 de noviembre, ¿quién lo sabe?

Seguridad: «Hemos perdido la inocencia»

«Partimos de la base de una ingenuidad bastante importante. En 2005 hablábamos de 40% de pobres y hoy tenemos 8%. Las formas del delito han cambiado».
«Tenemos que hacer intervenciones muy parecidas a las de Los Palomares. Lo debimos haber hecho antes. Hay núcleos urbanos que se han consolidado y tienen de rehén a un montón de población que no tiene nada que ver con el delito, que son laburantes, que quieren salir adelante, y son las primeras víctimas».

«Hemos perdido la inocencia, hay que generar la represión en el delito en serio, pero también hay que generar una política social que sea transversal. Tenés que transformar esos ‘guetos’, entre comillas, en barrios donde la convivencia y el seguimiento sean permanentes».
«Trabajo mucho en asentamientos, ha sido mi prioridad estos 15 años. Conozco la realidad de la gente, ellos son las primeras víctimas cuando hay una boca que no se combate, sé el temor que eso produce para la denuncia. Si no hay intervenciones que sean transversales, y que vos resuelvas el tema de la casa, el trabajo, la luz, la accesibilidad y las calles, por más que saques la boca de pasta base hoy, mañana se va a poner en otro lugar. Eso es lo que estamos planteando ahora con las 12 medidas con Gustavo (Leal)».

«A veces somos muy románticos en la apuesta filosófica»

El Frente Amplio se enfrenta a la que parece ser la elección más complicada desde que llegó al gobierno. Hay una caída en la militancia en la calle, hay menos autos identificados, banderas, menos gente en actos. ¿Qué lectura hace?

Hay ciertos niveles de crítica que son valederos; hicimos muchas cosas bien, que reivindicamos, y quedaron muchas por hacer. Mi recorrida por el interior ha sido muy gratificante. La gente es muy crítica, pero también sabe que del otro lado hay un planteo de enormes incertidumbres. Se está generando una forma distinta de militancia, tenemos un montón de gente que milita en las redes y no va a un acto. Cambiaron las modalidades de comunicación. Es un desafío para un gobierno después de 15 años, donde tiene que ser muy autocrítico con las cosas en las que pretendió hacer y no pudo. A veces somos muy románticos en la apuesta filosófica y la vida te demuestra en la práctica que, de lo que hiciste, esto estuvo bien, esto no estuvo bien. Entre el contrato fantaseado y el contrato real hay una distancia, que es la que la gente te devuelve, que es la que te dice que está preocupada por los temas de seguridad, por los temas del trabajo, y hay que seguir trabajando en esto.

 

 

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